la cartera habla
29-05-2005
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Creo que me he quedado sin una serie de trazos de la huella dactilar del ú‹dice derecho. No es la primera vez que este buzón me mordú}. Siempre le tuve medio. Cierra interiormente, a presión, como compuerta de submarino acorazado. A prueba de carteros poco dedicados, a prueba de gatos fisgones, o ratas; buzón antipersonas. ProbEhace un tiempo -pensando en él y otros como él- en usar un dedal de goma, que muchos colegas múŒs de solera profesional llevan siempre puesto. LleguEa ponerme dos en una mano, pero la compuerta metálica del especúƒico ventanuco cae con tal fiereza que los dedales vuelan descuartizados. [ ] Perdón: no descuartizados, pero sEque se quedan enganchados por la pestaña, del remezón recibido (que, por cierto, es ensordecedor) y algunos se pierden para siempre en el hogar ulterior."Dejadme que os hable de los perros. Era uno de esos días con una temperatura de casi 40 grados y yo estaba haciendo el recorrido, sudando, enfermo, al borde del delirio, resacaso. Me paré en un pequeño edificio de apartamentos con los buzones abajo, a lo largo del corredor. Abrí con mi llave. No se oía una mosca. Entonces sentí algo que me hurgaba en la entrepierna, iba subiendo hacia arriba. Miré y vi un pastor alemán, bien crecido, con su hocico debajo de mi culo. Con un movimiento de mandíbulas me podía arrancar las pelotas. Decidí que aquella gente se iba a quedar sin recibir el correo aquel día, y quizás para siempre. Hostia, lo que quiero decir es que aquel bicho no paraba de hundir el hocico por allí. ¡SNUFF! ¡SNUFF! ¡SNUFF!
Volví a poner el correo en el capazo de cuero y luego muy lentamente, mucho, di medio paso hacia atrás. El hocico me siguió. Entonces di un paso completo lento, muy lento. Luego otro. Luego me quedé quieto. El hocico quedó fuera. Estaba allí delante mío, mirándome. Quizá no había olido nunca nada igual y no sabía bien lo que hacer.
Me alejé sin prisas.
Hubo otro pastor alemán. Era un verano abrasador y vino SALTANDO desde un patio trasero y entonces se ABALANZO volando por el aire. Sus dientes chocaron, fallando por un pelo en seccionarme la yugular.
-¡OH, CRISTO! -chillé-. ¡OH, DIOS MÍO! ¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡SOCORRO! ¡ASESINO!
La bestia se revolvió y saltó de nuevo. Le pegué en la cabeza en pleno vuelo con la saca del correo, haciendo volar cartas y revistas. Estaba preparándose para abalanzarse otra vez cuando dos tipos, los dueños, salieron y lo agarraron. Entonces, mientras me miraba y gruñía, me agaché y recogí las cartas y revistas que tenia que repartir en la siguiente casa.
-Malditos hijos de puta, están locos -les dije a los dos tipos-, ese perro es un criminal. ¡Desháganse de él o apártenlo de la calle!
Me hubiera pegado con ellos, pero el perro seguía gruñendo y debatiéndose entre los dos. Me fui al porche siguiente y volví a ordenar el correo sobre las rodillas.
Como de costumbre, no tuve tiempo de comer, y aun así regresé con cuarenta minutos de retraso".